Marathon des Sables. Día 2

A las seis en punto de la mañana llegaban los termitas (marroquíes que montaban y quitaban las jaimas) y desmontaban el campamento en un abrir y cerrar de ojos.
Yo me desayuné la primera barrita de 400 calorías que no cayó muy mal. Nos preparamos, pusimos las mochilas y fuimos al arco de salida. Qué espectáculo, corredores y corredoras (76) de 23 nacionalidades diferentes con la adrenalina a tope y ganas de comerse la maratón. Se dio la salida y el helicóptero que nos acompañó toda la prueba daba pasadas grabando imágenes que debían ser impresionantes y espero verlas.
Esta etapa no parecía dura y era de contacto, yo me la tomé con tranquilidad porque lo duro vendría después. Te daban una botella de 1,5 litros cada 10 km aproximadamente. Esto siguió así en todas las etapas.
Los paisajes eran extraordinarios aunque aún no nos habíamos metido en pleno desierto. Ya probamos las primeras dunas y descubrimos nuestro primer fallo. El calzado y las polainas que llevábamos no eran muy buenos a comparación de las que llevaba el personal y nos dimos cuenta de lo que íbamos a sufrir. La arena se metía rápidamente en las zapas y hacía que los dedos se arrugaran y no se pudiera correr bien, a parte del problema que provocaba en las uñas  (he perdido las 10) y las ampollas. Las polainas que hay que llevar deben ir fijas con velcro a las zapas, cubriéndolas enteras y llegar hasta media pantorrilla. Si no cada 5 km hay que parar a quitarse un par de kilos de arena que se te meten.
Tardé 2:41 llegando con un grupo de españoles. Este día el termómetro marcó 31º.
Cuando llegas te dan 3 botellas de 1,5 litros y te vas a la jaima a descansar. No sales de ella si no es para ir al médico, mandar emilios, llamar por teléfono, ver las clasificaciones o ir a por leña para encender fuego y hacer los liofilizados.
Para comer tenía tres barritas y para cenar un liofilizado, que me sabía a gloria bendita, y otra barrita.
Antes de anochecer nos entregaban los emilios que nos mandaban y nos hacían mucha ilusión, los esperábamos como agua de mayo. A las 7 se hacía de noche, te metías en el saco e intentabas dormir. El suelo estaba durísimo y no sabíamos como ponernos, empezaron los primeros dolores en las caderas y en la rabadilla.
Las noches del desierto son preciosas. Se ven millones de estrellas y hay un silencio sepulcral. Empieza a hacer frío de madrugada, nosotros no pasamos. Llevábamos unos sacos de –5º bajo techo y 750 gr. de peso.
Los termitas montaban un fuego de campamento donde cantaban y bailaban al son de sus características cánticos bereberes, donde uno dice una frase y los demás la repiten hasta la saciedad, quizás querían simular una canción de cuna que arrullara nuestras noches .
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